¿A dónde se van aquellos intensos sentimientos hacia la pareja después de la boda? ¿Por qué dejan de tomarse de la mano los esposos después de un tiempo de casados? ¿Por qué siente uno que ya no hay comunicación? Las películas románticas terminan cuando la pareja se casa. Pareciera que el «Y vivieron felices para siempre» está garantizado a partir del enlace matrimonial. Pero todos aquellos que tenemos algún tiempo de casados, sabemos que no es así. Que es precisamente ahí en donde dan inicio los esfuerzos por mantener vivo el amor (que no es lo mismo que el enamoramiento). Si uno va convencido al altar de que el matrimonio es para siempre, ¿por qué hay tantos divorcios hoy día?
Ana María Vargas sintió un profundo convencimiento de que debía compartir con nuestro auditorio este tema, después de haber pasado un tiempo en compañía de algunos adolescentes cuyo común denominador era que sus padres, lamentablemente, estaban divorciados.
Los lenguajes del amor nos ofrecen algunas herramientas para renovar y mantener el amor de pareja, y tienen su base en Las Escrituras. Les invitamos a que escuchen este tema presentado en el programa radial EN FRECUENCIA CON JESÚS, grabado en vivo el pasado Lunes 30 de Enero. Opriman el reproductor a continuación.
También estará temporalmente disponible para su descarga, siguiendo este enlace:
Se dice que cuando Leonardo Da Vinci estaba pintando su muy famosa “Ultima cena”, se disgustó con una persona cercana. Pensó vengarse de ésta al poner su rostro como el rostro de Judas el traidor en la pintura, e inmortalizar así su semblante como uno digno de rechazo por todas las generaciones.
Después de haber hecho eso, y cuando le tocó el turno a la pintura del rostro del Salvador, Jesucristo, por más esfuerzos que el genio hacía no podía pintarlo de manera satisfactoria.
En ese proceso Leonardo recapacitó y sintió que había sido muy duro para con aquél individuo. Corrigiendo el rostro de Judas, borrando de él la imagen de la persona con quien se había disgustado, no tuvo entonces mucho problema en poder así dibujar el dulce rostro de Nuestro Señor Jesús.
En todo grupo humano, desde la familia –célula social- hasta la oficina, pasando por el equipo de trabajo en la escuela o el vecindario, estamos expuestos a las fricciones, desacuerdos y hasta disgustos. Sin exceptuar la iglesia, por supuesto. Cuando no estamos en buenos términos con quienes nos rodean, nuestras capacidades pueden verse limitadas, como sucedió con Leonardo. Y, en el caso de los creyentes, impide que mostremos el carácter de Jesús en nuestra vida.
¿Cuáles son las causas que provocan malas relaciones en los grupos, y cuáles las soluciones para ellas? ¿Cómo construir relaciones saludables?
Este fue el tema tratado por Samuel Guerrero, este Miércoles 2 de Noviembre pasado en el programa EN FRECUENCIA CON JESUS. Opriman el reproductor a continuación para escucharlo.
«Nosotros ponemos la boda y tú pones la historia de amor. Nosotros ponemos la boda, lo demás es tu bronca. Cásate con Martha Debayle en W». Estaba atareado en mi escritorio, cuando escuché estas palabras a través del aparato receptor sintonizado en la oficina. Y no fueron solo estas palabras las que me llamaron la atención, sino las que siguieron.
Resulta que W Radio a través del programa de Martha Debayle –que se transmite por internet de Lunes a Viernes en mi país, y que tiene una gran audiencia también en Estados Unidos y Sudamérica-, están ofreciendo el anillo y vestido de novia, la ceremonia y cena nupcial en un elegantísimo y fino restaurante, la estancia en un hotel de lujo y varias cosas más. Todo ello a cambio de una extraordinaria (pero extraordinaria) historia de amor. ¡Wow, qué gran oportunidad para quienes desean ahorrarse todos los gastos de su enlace matrimonial!
Bien. Ese día que llamó mi atención dicho concurso, había ya cerca de 800 historias de amor que los participantes habían subido al sitio Web de la W. De este número de relatos que habían llegado, se leyeron al aire los que tenían mayor votación. Dos o tres de ellos. Pero sucede que ninguno de éstos fue del agrado de la titular del programa. Así que sus compañeros en cabina, intrigados porque ninguna narración le había gustado, le preguntaron: «¡Bueno, Martha! Para ti entonces,… ¿cuál sería una buena historia de amor?». Ella respondió: «Para mí, una de las más grandes historias de amor es la de…». ¿Quieren saber qué respondió ella? De acuerdo, opriman el reproductor mp3 a continuación. Su respuesta (2 minutos) me servirá como base para el comentario de hoy.
Seguro estoy que se percataron del doble énfasis que Martha Debayle hizo en la historia de amor que presentó. Básicamente recalcó: 1) la abdicación al trono de Inglaterra que Eduardo VIII hizo por amor, y 2) por amor a una mujer divorciada (Wallis Simpson).
«Una de la más grandes historias de amor es la de Wallis Simpson, que era una norteamericana divorciada de la cual se enamoró el que habría de ser rey de Inglaterra…». Este es el primer énfasis que hizo la conductora del programa. Enfatizo la palabra divorciada, ya que si bien es cierto que en nuestra sociedad actual el divorcio ya no es extraño ni objeto de estigma alguno, para la realeza de aquél tiempo (1936) era escandaloso que una mujer de tal estado civil y además plebeya, llegase a ser la reina de Inglaterra.
«¿Saben lo que es dejar… el trono de un reino…por amor? », dijo la conductora. Este fue el segundo énfasis. Sí, sucede que debido al rechazo que los reyes (padres de Eduardo), el parlamento inglés y la prensa tenían hacia Wallis, el ahora rey inglés decide renunciar al trono y a todos los privilegios y responsabilidades que ello implicaba. Se casa con su amada pese a todo y le es asignado solo el título de Duque de Windsor.
Si esta historia de amor sorprende a algunos, hay otra historia, de amor también, que tuvo lugar hace dos milenios. Sí, un historia muy parecida pero con implicaciones más profundas y alcances eternos. Es también la historia de un rey, pero no de un reino como el de Inglaterra (tan importante como pudiera ser o parecer). Sino de un soberano que tenía Su Reino sobre toda la tierra. Uno que es Rey sobre los reyes y es Señor sobre los señores. El Creador de todo cuanto existe. El Hacedor del universo, tan vasto como es. Con sus incontables galaxias, soles y planetas. El Orquestador asombrosamente inteligente que sintonizó el cosmos de manera tan delicada que fue posible la existencia de todo lo que rodea, maravilla y asombra nuestro ser. El Diseñador de este cerebro tan complejo (que funciona gracias a sus entre 100 y 500 millones de conexiones o sinapsis, que jamás podrá emular la computadora más sofisticada) y de nuestros ojos (con el cristalino que permite el enfoque de objetos a diferentes distancias, la pupila que regula la cantidad de luz que recibe la retina y que nunca podrán imitar las cámaras más complicadas hechas por la inteligencia humana).
El Autor de esta gran obra, El Eterno, dejó temporalmente Su trono de Gloria. “Abdicó”, por decirlo en términos de la historia de amor que da pie a estas líneas, su trono universal. En palabras del Apóstol:
[Cristo Jesús] quien, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios; sino que se vació de sí y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres. Y mostrándose en figura humana se humilló,... (Filipenses 2;6-8a)
Notemos que Cristo, siendo Dios (eso significa tener “condición divina” y “ser igual a Dios”) se vació de Sí mismo. Eduardo VIII dejó el trono de Inglaterra. Ya era rey y abdicó. Sin embargo no tomó el carácter de plebeyo. Le fue dado el título de Duque de Windsor y conservó prerrogativas, privilegios de la realeza. Cristo “se hizo plebeyo”. Se hizo hombre, asumió la naturaleza humana siendo Dios. Estuvo sujeto a todas las limitaciones físicas a que estamos sujetos nosotros todos. Nació en el seno de una familia humilde, en el lugar propio de animales de carga y labor agrícola. Hijo de una joven de clase baja, criado por un carpintero por padre. Sin educación excepcional ni los privilegios de las clases acomodadas; mucho menos delicadezas de las familias reales. Al nacimiento del cual, el que se tenía por su padre aquí en la tierra, debió ofrecer en sacrificio dos tórtolas por la purificación ritual de su madre, ya que sus ingresos eran insuficientes para comprar un cordero. Así pues, presentaron la conocida como “ofrenda de los pobres”. No hubo sábanas de seda, ni atuendos de lino delicado, ni alfombras que acariciasen los pies de Aquél que dijo de sí Mismo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza.» (Mateo 8:20). Sí, « …se vació de sí y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres. Y mostrándose en figura humana se humilló,... »
Pero Dios en Cristo, no solo renunció a Su Gloria celestial para intervenir personalmente en la historia. Renunció también a Su Vida misma. Hizo más que “abdicar” (note el énfasis de Jesús en dar su vida):
Porque ni aun el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir y dar su vida… (Marcos 10:45)
Quiso El Señor destrozarlo (triturarlo) con padecimientos, y él ofreció su vida...(Isaías 53:10a)
El Padre me ama porque yo doy mi vida para volverla a recibir. Nadie me quita la vida, sino que yo la doy por mi propia voluntad. (Juan 10:17-18a)
Hasta aquí me he referido al segundo hincapié que Debayle hizo en su historia de amor, como una pálida analogía de la “abdicación” de Dios. Ahora centrémonos en el primer acento que hace respecto a su narración: «¿Saben lo que es dejar… el trono de un reino…por amor?...[a] una norteamericana divorciada...».
He dicho ya que en la realeza, parlamento y prensa inglesas, hubo rechazo hacia la persona de Wallis Simpson no solo por ser divorciada, sino también por ser plebeya. Veamos ahora el motivo de Eduardo VIII y la condición civil y social de su amada. Un plebeyo es alguien perteneciente a la plebe. Significa en su raíz etimológica alguien que no es patricio o noble. Entonces aquí la amada no es social ni moralmente digna de que un rey se fije, y mucho menos se case con ella. Sin embargo, el amor motiva al rey a la renuncia al trono para unirse a su amor y elevarla socialmente, por lo menos, haciéndola duquesa de Windsor (como en realidad sucedió).
El motivo de Cristo fue también el amor. El amor hacia nosotros, indigna e inmoralmente “no aptos” para recibir su atención y sacrificio. Indignos e inmorales como nos describe con detalle el apóstol:
No se dejen engañar. Ustedes bien saben que los que hacen lo malo no participarán en el reino de Dios. Me refiero a los que tienen relaciones sexuales prohibidas, a los que adoran a los ídolos, a los que son infieles en el matrimonio, a los hombres que se comportan como mujeres, a los homosexuales, a los ladrones, a los que siempre quieren más de lo que tienen, a los borrachos, a los que hablan mal de los demás, y a los tramposos. Ninguno de ellos participará del reino de Dios. Y algunos de ustedes eran así. Pero Dios les perdonó esos pecados, los limpió y los hizo parte de su pueblo. Todo esto fue posible por el poder del Señor Jesucristo y del Espíritu de nuestro Dios. (1 Corintios 6:9-11)
Pero Dios prueba que nos ama, en que, cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros. (Romanos 5:8)
Pero Dios es tan misericordioso y nos amó con un amor tan grande, que nos dio vida juntamente con Cristo cuando todavía estábamos muertos a causa de nuestros pecados…(Efesios 2:4-5)
...el hijo de Dios, que me amó y se entregó a la muerte por mí. (Gálatas 2:20)
Amable lector, sigue siendo para mí motivo de asombro el que Dios, siendo Puro y Santo, se haya fijado en nosotros al grado de tomar nuestro lugar en la cruz con el objeto de lavarnos completamente de nuestras culpas. Y en adición a ello cambiar nuestro interior para que le busquemos de corazón. Si busca usted una gran y extraordinaria (pero extraordinaria) historia de amor, creo que no hay una más grande que esta. Una en la que el Rey “abdica” Su trono y se inclina a nosotros “plebeyos” para levantarnos de nuestra miseria y darnos un lugar junto a Él en la eternidad. ¿Querrá usted creer y aceptar lo que hizo El Rey por usted? Si desea saber cómo acercarse a Dios, oprima aquí.